domingo, 17 de febrero de 2013

¿Qué haremos con la psicopatología?



 ¿QUÉ HAREMOS CON LA PSICOPATOLOGÍA?
Juan Tubert-Oklander 

Este trabajo lo presenté en la Sesión Plenaria del Instituto de Psicoanálisis “El lugar de la psicopatología en la formación psicoanalítica”, durante el 52o. Congreso Nacional de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica Mexicana. México, D. F., el 16 de febrero de 2013. Si bien tiene un formato académico, con referencias y un cierto número de conceptos técnicos, creo que puede resultar comprensible para cualquier persona interesada en el psicoanálisis, aunque no sea un profesional del área. Me interesan mucho sus comentarios.

La respuesta a la pregunta que he elegido como título pareciera ser tan obvia como para poner en duda si vale la pena formularla: “¿Qué haremos con la psicopatología? Pues estudiarla, enseñarla, investigarla, profundizarla… ¿Qué más?” No obstante, las cosas no son tan sencillas. Nadie pondría en duda que el desarrollo de un conjunto de teorías psicopatológicas es uno de los mayores logros del psicoanálisis y uno de los principales rasgos que lo diferencian de otras formas de psicoterapia. Podríamos incluso decir que éstas representan nuestras “joyas de la corona”.

Un conocimiento tan valioso debe, indudablemente, preservarse, desarrollarse y transmitirse. Pero ello cobra un significado nuevo y diferente, cuando lo ubicamos en un contexto más amplio. Comencemos por el principio: desde sus comienzos, la magna indagación freudiana de la vida psíquica fue, fundamentalmente, una investigación de la psicopatología. De allí que el padre del psicoanálisis definiera en 1923 la disciplina por él creada, en los siguientes términos:


Psicoanálisis es el nombre: 1º De un método para la investigación de procesos anímicos capaces inaccesibles de otro modo. 2º De un método terapéutico de perturbaciones neuróticas basado en tal investigación; y 3º De una serie de conocimientos psicológicos así adquiridos, que van constituyendo paulatinamente una nueva disciplina psicológica [Freud, 1923, p. 2661].


La particular redacción de esta breve y elegante definición sugiere que para Freud, de los tres rasgos característicos del psicoanálisis, el primero y fundamental es el ser un método de investigación, el segundo, su carácter terapéutico, y sólo en tercer lugar las teorías elaboradas para dar cuenta de los “conocimientos así adquiridos”.

¿Pero cómo se inicia la investigación freudiana de la mente? Inspirados en el Génesis, podríamos decir: “En el principio fue la neurosis”. Efectivamente, Freud llega a este nuevo campo de investigación en un intento de resolver los problemas aparentemente insolubles planteados por el tratamiento de los pacientes neuróticos que constituían en aquel entonces la mayor parte de la consulta de los neurólogos, así como los pacientes psicosomáticos lo son en la consulta de los médicos en la actualidad.

Esta indagación le abrió una vía nueva para el conocimiento y la comprensión de la mente, pero también dejó como huella una tendencia a psicopatologizar todos los fenómenos mentales, llegando a la afirmación extrema que identifica totalmente a la condición humana con la neurosis.

Utilizar la investigación de los fenómenos psicopatológicos para llegar al conocimiento de los procesos mentales normales era una vía ciertamente razonable para el estudio de los fenómenos vivientes, que ya había sido extensamente aplicada en la medicina. Así nos lo plantea Freud (1933a), en las Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis, donde nos dice lo siguiente:


Sabemos ya que la Patología, con su poder de amplificación y concreción, puede evidenciarnos circunstancias normales, que de otro modo hubieran escapado a nuestra perspicacia. Allí donde se nos muestra una fractura o una grieta puede existir normalmente una articulación. Cuando arrojamos al suelo un cristal, se rompe, más no caprichosamente: se rompe con arreglo a sus líneas de fractura, en pedazos cuya delimitación, aunque invisible, estaba predeterminada por la estructura del cristal. También los enfermos mentales son como estructuras, agrietadas y rotas. … [L]os locos […] se han apartado de la realidad exterior, pero precisamente por ello saben más de la realidad psíquica interior, y pueden descubrirnos cosas que de otro modo serían inaccesibles [p. 3133].


Todo esto es indudablemente cierto: en medicina se han descubierto ciertas funciones normales a partir de sus perturbaciones, por ejemplo, la función tiroidea normal a partir del estudio del hipertiroidismo y del hipotiroidismo (es decir, del exceso y de la carencia de dicha función). Pero ello no impidió que se mantuviera una clara diferenciación entre la fisiología normal y la fisiopatología. Ningún médico diría, al descubrir que una persona tiene una función tiroidea normal, que “el paciente presenta un hipertiroidismo subclínico”. Y nosotros sí tendemos con frecuencia a identificar nuestros amplios conocimientos sobre la psicopatología de las neurosis, las psicosis y los trastornos de la personalidad y del carácter, con una verdadera intelección de la condición humana.

Indudablemente, también la medicina tiende a padecer de una visión patologizante de la vida humana. Esto es lo que llamamos “deformación profesional”. Los médicos solemos entonces limitarnos a diagnosticar y curar enfermedades, dejando de lado su prevención y el estudio y la promoción de la salud. Mi maestro de pediatría, el recordado Florencio Escardó (1966), gran médico pediatra, brillante escritor, agudo humorista y hombre de bien, solía diferenciar netamente entre ser un “médico especialista en enfermedades de la infancia” y ser un  Pediatra. Para él la pediatría era la Medicina del Hombre, cuya mayor tarea era el estudio, el entendimiento y el cuidado de los procesos del desarrollo normal, comenzando antes del nacimiento y extendiéndose más allá de los límites convencionales de la infancia, proyectándose a la continuidad y evolución de ese niño hacia la adolescencia, la juventud y todo el ciclo vital. Ello no le impedía tratar las enfermedades cuando estas se presentaban, pero para él la labor fundamental del médico pediatra consistía en acompañar, cuidar y guiar al niño, a su madre, la familia toda y la sociedad en la compleja y difícil evolución del nuevo ser humano, siempre en función de su medio.

No debe sorprendernos que, más allá de la tendencia generalizada de nuestra profesión de ver la existencia humana a través del agudo lente que nos brinda la psicopatología, algunos de los principales investigadores psicoanalíticos que se enfocaran al estudio de la vida psíquica normal y saludable hayan surgido de la pediatría —como Margaret Mahler (1968; Mahler, Pine, & Bergman, 1975) y Donald Winnicott (1958, 1965, 1971)— o de la enseñanza —como Anna Freud (1965), Erik Erikson (1950) y Marion Milner (1987)—, es decir de profesiones que los llevaban a mantener un contacto intensivo y prolongado con el desarrollo de niños normales. A esto se sumaron las contribuciones de otros psicoanalistas profundamente interesados por el estudio de las primeras experiencias y relaciones del bebé y del binomio madre-hijo, como lo fue, en los comienzos del psicoanálisis, Sándor Ferenczi (1916, 1916, 1955), y posteriormente los investigadores de la temprana relación madre-bebé, como René Spitz (1965), Daniel Stern (1985) y Beatrice Beebe (2005; Beebe y Lachman, 2002).

¿Cuál es la situación actual? Contamos con una enorme cantidad de información y teorías sobre la psicopatología y su curación, particularmente en función de las manifestaciones de aquel aspecto del ser humano que Freud (1920, 1930) denominaba su “pulsión de muerte” —es decir, las tendencias, sentimientos y acciones auto y héterodestructivos—, pero mucho menos respecto de la existencia humana normal, creativa, amorosa y saludable —aquello que Freud llamaba el “Eros”–, que es el origen de todo lo que hay de bueno en nuestra vida y relaciones, y que necesariamente debe constituir el marco de referencia y el objetivo último de todo tratamiento psicoanalítico.

Tradicionalmente el interés por incluir en la teorización psicoanalítica el estudio de la salud, como necesario complemento del de la psicopatología, tomó una de dos formas posibles: el estudio de las funciones, capacidades y recursos del ser humano y la investigación de su desarrollo.

La primera de ellas, que fue explorada inicialmente por la llamada “Psicología del Yo” o “Teoría estructural”, se dedicó a investigar la participación y efectos de los recursos mentales, tales como la percepción, la memoria o el pensamiento. Las principales dificultades de este abordaje surgieron de que nos llevaba de regreso a la psicología prepsicoanalítica de las funciones mentales y que, dado que continuaba concibiendo al psicoanálisis fundamentalmente como una teoría del conflicto, se vio obligada a introducir el concepto de un “área libre de conflicto del yo”, el cual resultaba difícil de sustentar (Hartmann, 1939–1958, 1964). Sin embargo, en el nivel clínico, todos los autores, comenzando por Freud (1904) destacaron que el tratamiento psicoanalítico sólo era posible en la medida que el paciente cumpliera con una serie de requisitos indispensables, tales como un buen nivel de inteligencia, un estado mental normal y una motivación suficiente para realizarlo. Horacio Etchegoyen (1986–2002), en su ya clásico tratado Los fundamentos de la técnica psicoanalítica, señala dos factores más que revisten un particular interés. El primero es que el paciente cuente con un entorno social o familiar favorable que le brinde un sostén y acompañamiento adecuados cuando el analista no está (es decir, en el intervalo entre sesiones, los fines de semana y las vacaciones), ya que “una persona que está totalmente sola es siempre difícil de analizar” (p. 48). El segundo es que el paciente tenga lo que él llama una “vocación para el análisis, como la hay para otras tareas de la vida” (p. 46). Pero ¿cuál podría ser el significado de dicha “vocación”? Freud (1904) mismo nos advierte que el paciente debe contar con, además de “un cierto grado de inteligencia natural”, “un cierto nivel ético” (p. 1006), ya que “con las personas de escaso valor pierde pronto el médico el interés que le capacita para ahondar en la vida anímica del enfermo” (íbid.).

Más allá de esta dificultad contratransferencial por él consignada, el principal aspecto ético indispensable para el tratamiento psicoanalítico es el respeto por la verdad: el análisis de un mentiroso consciente es una labor siempre ímproba. Otro aspecto de la llamada “vocación” es una cierta vitalidad manifestada como curiosidad, como deseo de saber, que lleva al paciente a disfrutar la multiplicidad de puntos de vista que ofrece el análisis, en vez de padecerla, aborrecerla y huir de ella. El psicoanálisis difícilmente resulta fructuoso con personalidades dogmáticas, de pensamiento unívoco y concreto.

Todo lo anterior nos señala que, más allá del diagnóstico, que se plantea siempre en términos psicopatológicos, el pronóstico de un tratamiento dependerá fundamentalmente del recuento de recursos funcionales, axiológicos, relacionales y ambientales de los que dispone el paciente, es decir del aspecto saludable, creativo y amoroso de su vida. Y dichos recursos no se limitan a las capacidades internas del mismo, sino que se extienden para abarcar la totalidad de su mundo relacional y social.

La segunda forma en la que se manifestó el interés por incluir en la teorización psicoanalítica el estudio de la salud, fue la investigación del desarrollo del ser humano. A diferencia de la indagación psicopatológica, que toma siempre al síntoma como punto de partida, el estudio del desarrollo consiste en observar, registrar e investigar las modalidades que presenta la vida humana, cuando todo evoluciona sin mayores problemas ni sufrimiento innecesario, es decir, en aquellas situaciones en las que nadie consideraría la posibilidad ni la necesidad de una intervención terapéutica.

De la misma manera en que los antropólogos culturales iniciaron su investigación a través del estudio de aquellas culturas más distantes de y ajenas a la suya, y sólo mucho después se animaron a aplicar sus instrumentos y conceptos al estudio de su propia cultura, los investigadores del desarrollo comenzaron por estudiar al ser humano más alejado de ellos mismos, que es el bebé. La tradición científica, con su énfasis en la objetividad, torna bien difícil el estudio de sujetos que sean muy parecidos al investigador, ya que ello requeriría que este último se estudiara a sí mismo, al mismo tiempo que al sujeto de su indagación. Afortunadamente, la tradición psicoanalítica se ha ido aproximando cada vez más a la firme convicción de que la unidad mínima requerida para la investigación psicoanalítica consiste siempre en dos personas en relación, no en una sola.

No obstante, existen también desde luego resistencias de naturaleza emocional para investigar la propia forma de existir. En consecuencia, sabemos ya mucho sobre el desarrollo del bebé y el niño, bastante menos sobre el adolescente, poco sobre la juventud y casi nada sobre la madurez, la vejez y la muerte. Ello se manifiesta claramente en el hecho de que, a pesar de estar convencidos de que el estudio del desarrollo no puede limitarse a las primeras etapas de la vida, sino que debe extenderse a todo el ciclo vital, siempre es difícil encontrar maestros y bibliografía disponibles para impartir una materia que aborde el estudio de la segunda mitad de la vida, ya que la mayoría de los maestros e investigadores en este campo solemos ser de maduros para arriba.

El estudio psicoanalítico del desarrollo nos permite visualizar la evolución normal y deseable de la vida humana, identificar los momentos y las circunstancias en los que ésta pierde el camino, y determinar las mejores formas de recuperarlo. Freud, quien pensaba en términos del modelo médico, concebía a la curación como la recuperación de un estado de salud perdido. Por lo tanto, el objetivo final de un tratamiento psicoanalítico sería alcanzar la condición de un adulto normal, en función de las expectativas sociales. En cambio, un tratamiento orientado en función del ciclo vital —algo semejante al concepto que Escardó tenía de la pediatría— consistiría en ayudar al paciente salir de las trampas y círculos viciosos que han determinado el estancamiento del devenir de su existencia, particularmente en los momentos críticos de su evolución, que Erik Erikson (1950) identificó como “las ocho edades del hombre”. Ello es totalmente compatible con el tradicional concepto psicoanalítico de la patología, que la define en términos de la repetición. La vida humana sana es siempre creativa e impredecible, mientras que la enfermedad es repetitiva, estereotipada y tediosa.

Por lo tanto, retomando nuestra pregunta inicial, es indudable que el conjunto de conocimientos y teorías psicoanalíticas sobre la experiencia y el proceso de enfermar de la mente humana resulta indispensable para la comprensión de los padecimientos de nuestros pacientes y de la conducción y el proceso de su sanación. Pero ello debe complementarse siempre con los conocimientos, teorías, investigación y consideración de los aspectos saludables de la vida humana, tal como se manifiestan en el curso de su desarrollo, a lo largo de todo el ciclo vital.

En nuestro Instituto hemos incluido, desde siempre, el estudio de un eje dedicado al desarrollo, que brinda el necesario marco para la mejor comprensión del funcionamiento psíquico. En el tiempo en que yo realicé mi formación psicoanalítica, hace ya tres décadas, el programa cubría todo el ciclo vital, pero nos topamos entonces, como ya lo señalé, con la dificultad de encontrar maestros y bibliografía adecuados para el estudio de la segunda mitad de la vida. Actualmente, hemos retornado al concepto clásico de la teoría del desarrollo, que abarca desde lo prenatal hasta la adolescencia. No obstante, creo que contamos ya con los recursos adecuados para retomar ese ambicioso proyecto con el que me encontré en los inicios de mi formación. Para ello, es necesario que las materias de desarrollo se cursen desde el comienzo de los estudios, ya que esto da el mensaje de que las teorías psicoanalíticas del desarrollo constituyen uno de los pilares fundamentales sobre los que se apoyan el pensamiento y la práctica psicoanalíticos. Lo ideal sería mantener un eje de estudio del ciclo vital durante toda la formación, pero ello lamentablemente no es posible, dado el número de asignaturas necesarias para la misma. Baste, entonces, con crear una conciencia de que esta perspectiva es tan importante como y complementaria a nuestra bien conocida psicopatología psicoanalítica.



Referencias

Beebe, B. (2005):  Mother-infant research informs mother-infant treatment.  Psychoanalytic Study of the Child60: 7–46.

Beebe, B., & Lachmann, F. (2002). Infant Research and Adult Treatment: Co-Constructing Interactions. Hillsdale, N.J.: The Analytic Press.

Erikson, E. H. (1950a): Childhood and Society. Londres: Paladin, 1987. [Traducción castellana: Infancia y sociedad (traducción de Noemí Rosenblatt). Buenos Aires: Hormé, 1978.]

Escardó, F. (1966): La pediatría, medicina del hombre. Buenos Aires: Editorial Américalee.

Etchegoyen, R. H. (1986–2002): Los fundamentos de la técnica psicoanalítica, segunda edición, corregida y aumentada. Buenos Aires: Amorrortu.

Ferenczi, S. (1916): First Contributions to Psycho-Analysis. Nueva York: Brunner/Mazel, 1980. [Traducción castellana: Sexo y psicoanálisis. Buenos Aires: Hormé, 1959.]

Ferenczi, S. (1926): Further Contributions to the Theory and Technique of Psycho-Analysis. Nueva York: Brunner/Mazel, 1980. [Traducción castellana: Teoría y técnica del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 1967.]

Ferenczi, S. (1955): Final Contributions to the Problems and Methods of Psycho-Analysis. Nueva York: Brunner/Mazel, 1980. [Traducción castellana: Problemas y métodos del psicoanálisis. Buenos Aires: Hormé, 1966.]

Freud, A. (1965): Normality and Pathology in Childhood: Assessments of Development. The Writings of Anna Freud, Vol. VI. Nueva York: International Universities Press, 1977. [Traducción castellana: Normalidad y patología en la niñez. Buenos Aires: Paidós, 1974.]

Freud, S. (1904): “El método psicoanalítico de Freud.BN–I: 1003–1006. AE–VII: 233–242.

Freud, S. (1920): “Más allá del principio del placer.” BN–III: 2507–2541. AE–XVIII: 1–62.

Freud, S. (1923): “Psicoanálisis y teoría de la libido. (Dos artículos de Enciclopedia.)” BN–III: 2661–2676. AE–XVIII: 227–254.

Freud, S. (1930): “El malestar en la cultura.” BN–III: 3017–3067. AE–XXI: 57–140.

Freud, S. (1933): “Disección de la personalidad psíquica.” Lección XXXI de las Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis. BN–III: 3132–3146. AE–XXII: 53–74.

Hartmann, H. (1939): Ego Psychology and the Problem of Adaptation. Londres: Imago, 1958. [Traducción castellana: La psicología del yo y el problema de la adaptación. Buenos Aires: Paidós, 1987.]

Hartmann, H. (1964): Essays on Ego Psychology: Selected Problems in Psychoanalytic Theory. Nueva York: International Universities Press. [Traducción castellana: Ensayos sobre psicología del yo. México, D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1978.]

Mahler, M. (1968): On Human Symbiosis and the Vicissitudes of Individuation. Vol I: Infantile Psychosis. Nueva York: International Universities Press. [Traducción castellana: Simbiosis humana y las vicisitudes de la individuación. Vol. I: Psicosis infantil. México, D. F.: Joaquín Mortiz, 1972.]

Mahler, M. S.; Pine, F. & Bergman, A. (1975): The Psycho­logical Birth of the Human Infant. Symbiosis and Individuation. Nueva York: Basic Books, 1975. [Tra­duc­ción española: El nacimiento psicológico del in­fante humano. Simbiosis e individuación. Buenos Ai­res: Mary­mar, 1977.]

Milner, M. (1987). The Suppressed Madness of Sane Men: Forty-four Years of Exploring Psychoanalysis. Londres: Tavistock.

Spitz, R. (1954): El primer año de vida del niño. Génesis de las primeras relaciones objetales. Madrid: Aguilar, 1965. [Traducción castellana de Le première année de la vie de l'enfant. (Genèse des premières relations objectales.)]

Spitz, R. (1965): El primer año de vida del niño. México: Fondo de Cultura Económica, 1979. [Traducción castellana de The First Year of Life.]

Stern, D. N. (1985). The Interpersonal World of the Infant: A View from Psychoanalysis and Developmental Psychology. Nueva York: Basic Books. [Traducción castellana: El mundo interpersonal del infante. Buenos Aires: Paidós, 1991.]

Winnicott, D. W. (1958): Through Paediatrics to Psycho-Analysis.  Londres: The Hogarth Press and the Institute of Psycho-Analysis, 1978. [Traducción castellana: Escritos de pediatría y psicoanálisis. Barcelona: Laia, 1981.]

Winnicott, D. W. (1965): The Maturational Processes and the Facilitating Environment. Londres: The Hogarth Press & The Institute of Psycho-Analysis, 1979. [Traducción castellana: El proceso de maduración en el niño. Barcelona: Laia, 1981.]

Winnicott, D. W. (1971): Playing and Reality. Harmondsworth: Penguin, 1974. [Traducción castellana: Realidad y juego. Barcelona: Gedisa, 1982.]

domingo, 1 de abril de 2012

El violonchelo y el psicoanálisis


Ayer fuimos con Reyna a presenciar un concierto de cámara en la Sala Carlos Chávez del Centro Cultural Universitario: Carlos Prieto (violonchelo) y Edison Quintana (piano), los dos grandes artistas. Me impresionó particularmente la personalidad de Prieto, a quien no había visto antes. Además de su minuciosa y profundamente conmovedora ejecución en el chelo, introducía las diferentes piezas con comentarios sumamente amenos sobre su historia. Me emocionaron particularmente una composición del brasileño Marcos Nobre y dos del argentino Astor Piazzolla. Este último fue un ídolo de mi adolescencia, cuando iba a escucharlo tocar tango en los bares, en los que me dejaban entrar, a pesar de ser menor de edad, porque mi estatura me hacía parecer mayor de lo que era.

Al salir, vi que estaban vendiendo unos libros de Prieto (quien es también escritor, además de músico) y decidí comprar uno llamado Las aventuras de un violonchelo. Historias y memorias. Cuando estábamos por retirarnos, vimos que venía por allí el Maestro Prieto y nos acercamos para pedirle que nos dedicara el libro, cosa que hizo gustoso. También charlamos con él unos pocos minutos y descubrimos que es un hombre sencillo y encantador. Luego nos despedimos.

Ya en casa comencé a leer su libro, en el que hace la biografía de su violonchelo, el “Piatti”, casi tricentenario, entrelazada con su propia vida, desde que, hace 32 años, el instrumento llegó a sus manos. Añade, además, una breve historia de la laudería y una revisión de la música compuesta para el chelo en diferentes países, durante el siglo pasado.

Si alguien piensa que leer la biografía de un instrumento musical ha de ser algo muy aburrido, se equivoca. Pero, además de fascinarme con la visión de un mundo que me era desconocido, el libro me ha dado un muy valioso material para la reflexión acerca de mi propio arte: el psicoanálisis y el análisis grupal. Veamos algo de lo que dice:

El violonchelo  en cuestión fue creado en 1720 por Antonio Stradivarius y durante sus más de 290 años de vida ha pasado por las manos de muy diversos violonchelistas en diferentes países. Ha conocido eras apacibles, turbulentas y  trágicas.
Desde 1979 tengo el privilegio de ser el depositario temporal de ese violonchelo, conocido como Piatti. Digo “depositario”, porque considero que una obra de arte como este instrumento no debe considerarse una propiedad, tal como una casa o cualquier otro objeto material del que uno puede disponer a su antojo. Quienes disfrutamos del privilegio de tocar instrumentos que son auténticas obras de arte, tenemos la responsabilidad de tratarlos como tales, de cuidarlos con esmero y de transmitirlos a sus futuros usufructuarios en las mejores condiciones posibles.
[…]
A los instrumentos de los grandes lauderos se los suele identificar con el nombre de algún músico famoso o importante coleccionista por cuyas manos hayan pasado. También se les bautiza, a veces, con un nombre que describa bien algún rasgo distintivo o algún aspecto de su vida. Así, por ejemplo, la viola Stradivarius que tuvo Paganini se conoce como la “ex Paganini” o la “Paganini”. El violín Guarnerius del mismo Paganini fue bautizado como “il Cannone”, por su extraordinaria potencia sonora. Un violonchelo Montagnana que pasó un siglo intocado e inmóvil en su estuche en Inglaterra fue llamado “la Bella Durmiente”. Mi violonchelo fue conocido como “the Red Stradivari” mientras estuvo en Irlanda e Inglaterra entre 1818 y 1900. Poco después de 1900 se le llamó “Piatti” o “ex Piatti”, por haber sido Alfredo Piatti, prominente violonchelista italiano, quien lo tuvo de 1867 a 1901 (pp. 11–14).

Los instrumentos materiales parecen adquirir una cualidad particular a partir de las manos que los usan a lo largo de las décadas y siglos, como si algo del espíritu de quienes creyeron ser sus propietarios, cuando en realidad eran sólo depositarios o usuarios episódicos en el curso de su larga vida, los hubiera impregnado, transmutándolos. Los analistas hemos heredado también un delicado instrumento, si bien de naturaleza inmaterial: el instrumento analítico. Éste fue creado por Sigmund Freud y ha sido utilizado desde entonces por múltiples instrumentistas, quienes lo tañeron, cada cual a su manera, para tocar su propia música. Y, al igual que los grandes instrumentos musicales, el nuestro se fue transformando a través del contacto con ellos y del uso que de él hicieran, por lo que actualmente suena bien diferente de cuando lo crearon.

Desde hace tiempo, he desarrollado una crítica del concepto de “la” técnica psicoanalítica, entendida como un método operativo, una secuencia de fases y acciones predeterminadas, que debe seguirse minuciosamente para garantizar el resultado final del tratamiento. Esta idea se asemeja a la de los protocolos diagnósticos y terapéuticos que utiliza la medicina actual, y que parecen haber sido diseñados especialmente para evitar que el médico piense por sí mismo.

Obviamente, el ejercicio del psicoanálisis requiere la aplicación de diversas técnicas, en el sentido de procedimientos adecuados para hacer algo y alcanzar algún fin, como, por ejemplo, realizar una entrevista, establecer un contrato, analizar un sueño, formular una interpretación, etc. Estas habilidades deben aprenderse y ejercitarse, de la misma manera en la que un pianista realiza ejercicios de digitación, para desarrollar las condiciones necesarias para una buena ejecución. Pero, así como el dominio de la técnica de la digitación no asegura que el ejecutante haya comprendido realmente la esencia de la música y de la pieza que está tocando, el manejo adecuado de las técnicas utilizadas por los analistas en su práctica tampoco garantiza que el terapeuta haya comprendido e internalizado el espíritu del psicoanálisis. Y, ciertamente, esto último tampoco puede lograrse siguiendo una secuencia sistemática de operaciones. ¡Esto es una receta de cocina, un programa de computadora o un algoritmo matemático, no un tratamiento psicoanalítico!

Hemos estado discutiendo estos temas en un grupo de estudio que yo coordino, donde se planteó que esta crítica de la técnica podría malinterpretarse como una defensa de la improvisación y una negación de la necesidad de realizar una seria formación, para llegar a ser psicoanalista (lo que es bien diferente de ser un mero aplicador de técnicas). Entonces retomé la analogía con la música, que descubrí hace décadas, platicando con mi hermano José Luis, que es músico de profesión (toca la flauta transversa) y que solía enojarse mucho al oír a músicos meramente técnicos y decía: “¡Pero esos tipos tocan sólo notas y no música!”

En el curso de esta discusión, encontré un texto de Jack London que resultó muy pertinente para ella. El autor escribe, en la novela Martin Eden (1909), lo siguiente:


[Martín dijo:] “¡Y la mujer música! No me importa cuán ágiles sean sus dedos, cuán perfecta su técnica, cuán maravillosa su expresión; el hecho es que no sabe nada sobre la música.”
“Pero toca bellamente”, protestó Ruth.
“Sí, es indudable que maneja la gimnasia externa de la música, pero no imagina siquiera el espíritu interno de la misma. Le pregunté qué significaba la música para ella (sabes que esto es algo que siempre me interesa particularmente) y no sabía lo que ésta significaba para ella, salvo que la adoraba, que era la más grande de las artes y que le importaba más que su propia vida.” [Ésta es mi traducción.]

La analogía es excelente, para referirnos a aquellos terapeutas que del psicoanálisis han tomado solamente sus técnicas concretas y sus teorías formales, pero que se les escapa el espíritu de incansable búsqueda sin fin que caracterizó al gran proyecto freudiano de indagación del ser humano.

Ahora que cuento con una nueva metáfora, que me regaló el Maestro Prieto —la del instrumento—, siento que puedo aclarar mejor mis ideas. Freud fue el gran laudista que nos legó este bello violonchelo llamado “psicoanálisis”. Con él podemos tocar todo tipo de piezas, cada cual a su manera, en función de su propia sensibilidad, creatividad e idiosincrasia personales. Es necesario conocer bien el instrumento, respetarlo, quererlo y entenderlo. Ahora recuerdo que, hace casi veinte años, cuando conocí a Reyna Hernández, mi esposa, colega y coautora de tantos escritos, estábamos discutiendo este tema; yo criticaba duramente lo que consideraba una verdadera petrificación de la técnica psicoanalítica, que impedía el desarrollo de otras formas de tratamiento, y ella me contestó: “Es cierto, pero también hace falta tener algo así como una empatía con el instrumento, amarlo y cuidarlo”. En aquel momento no pude asimilar plenamente esta idea, si bien intuí que tenía razón, que era algo cierto, y esto me llevó a reflexionar sobre ello e indagar esta problemática durante muchos años, escribiendo numerosos textos destinados a compartir esta inquietud. Hoy, como resultado de mi encuentro con Carlos Prieto, cuento con un nuevo elemento repensar la cuestión.

El instrumento analítico tiene sus peculiaridades y requisitos. No se puede hacer cualquier cosa con él: hay algunas aplicaciones del psicoanálisis que resultan tan inadecuadas, y hasta obscenas, como clavar un clavo usando una viola Stradivarius como martillo o apuntalar una pata corta de una mesa con el volumen de las obras completas de Shakespeare. Un ejemplo sería el uso de teorías y técnicas psicoanalíticas para fomentar la venta de un producto o la popularidad de un político, o para reprogramar a homosexuales con el fin de que modifiquen su conducta y se comporten como heterosexuales. También es posible tratarlo con torpeza, rayar su bien pulida superficie, cortar alguna de sus cuerdas, o permitir que sea invadido por el polvo y el moho. Pero el hecho de acercarnos al instrumento con respeto, conocimiento, cuidado y amor no nos obliga a usarlo siempre de la misma forma que previera el laudista original, ni mucho menos a limitarnos a tocar los aires que a él le gustaban. Debemos saber bien como tratar al instrumento, para poder así explorar sus ilimitadas posibilidades, que no fueran siquiera soñadas por su creador.

Un ejemplo de ello es el desarrollo del análisis grupal, iniciado en Inglaterra por S. H. Foulkes y en Argentina por Enrique Pichon-Rivière. Freud creó el psicoanálisis como un dispositivo bipersonal, que permite indagar explícitamente, a través de la relación y el diálogo, los procesos mentales inconscientes de uno de los dos participantes —el paciente—. Pero esta actitud y este método (entendido como un camino a recorrer y no como un protocolo a seguir) pueden utilizarse igualmente para indagar la dimensión inconsciente de los procesos mentales colectivos (grupales, institucionales, sociales y hasta internacionales), reemplazando solamente el diván freudiano por el círculo grupoanalítico, pero conservando la actitud, la visión y la comprensión propia del psicoanálisis, así como su convicción —muy semejante a la del filósofo y hermeneuta Hans-Georg Gadamer— de que del diálogo han de surgir el conocimiento y la verdad, como bien lo sabía Sócrates hace más de dos mil años.

Cuando regresamos al dominio de la díada analítica tradicional, enriquecidos por el descubrimiento de que lo inconsciente no puede limitarse al campo de lo intrapersonal (Foulkes solía decir que “intrapsíquico” no es lo mismo que “intradérmico”), sino que se extiende a lo inter- y lo transpersonal, nos encontramos en notable coincidencia con aquellos psicoanalistas que, desde las investigaciones pioneras de Ferenczi a fines de la década de 1920 y comienzos de la de 1930, han enfatizado que en el tratamiento psicoanalítico tradicional nuestro campo de observación debe necesariamente ser de dos personas, no de una. En otras palabras, el llamado “psicoanálisis relacional” y el análisis grupal constituyen las dos caras de una misma moneda.

¡Cuántas reflexiones han surgido de la maravillosa música y el inefable violoncelo del Maestro Prieto! 

Tlalpan, abril de 2012.

Prieto, Carlos (1998/2010): Las aventuras de un violonchelo. Historias y memorias, cuarta edición, revisada y aumentada. México, D. F., 2011.


 Carlos Prieto con su amado Piatti