Juan Tubert-Oklander
Este trabajo lo presenté en la Sesión Plenaria del Instituto de Psicoanálisis “El lugar de la psicopatología en la formación psicoanalítica”, durante el 52o. Congreso Nacional de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica Mexicana. México, D. F., el 16 de febrero de 2013. Si bien tiene un formato académico, con referencias y un cierto número de conceptos técnicos, creo que puede resultar comprensible para cualquier persona interesada en el psicoanálisis, aunque no sea un profesional del área. Me interesan mucho sus comentarios.
La
respuesta a la pregunta que he elegido como título pareciera ser tan obvia como
para poner en duda si vale la pena formularla: “¿Qué haremos con la
psicopatología? Pues estudiarla, enseñarla, investigarla, profundizarla… ¿Qué
más?” No obstante, las cosas no son tan sencillas. Nadie pondría en duda que el
desarrollo de un conjunto de teorías psicopatológicas es uno de los mayores
logros del psicoanálisis y uno de los principales rasgos que lo diferencian de
otras formas de psicoterapia. Podríamos incluso decir que éstas representan nuestras
“joyas de la corona”.
Un conocimiento
tan valioso debe, indudablemente, preservarse, desarrollarse y transmitirse.
Pero ello cobra un significado nuevo y diferente, cuando lo ubicamos en un
contexto más amplio. Comencemos por el principio: desde sus comienzos, la magna
indagación freudiana de la vida psíquica fue, fundamentalmente, una
investigación de la psicopatología. De allí que el padre del psicoanálisis
definiera en 1923 la disciplina por él creada, en los siguientes términos:
Psicoanálisis es el nombre: 1º De un método para la investigación de procesos anímicos capaces inaccesibles de otro modo. 2º De un método terapéutico de perturbaciones neuróticas basado en tal investigación; y 3º De una serie de conocimientos psicológicos así adquiridos, que van constituyendo paulatinamente una nueva disciplina psicológica [Freud, 1923, p. 2661].
La particular redacción de esta breve y elegante definición
sugiere que para Freud, de los tres rasgos característicos del psicoanálisis,
el primero y fundamental es el ser un método de investigación, el segundo, su
carácter terapéutico, y sólo en tercer lugar las teorías elaboradas para dar
cuenta de los “conocimientos así adquiridos”.
¿Pero cómo se inicia la investigación freudiana de la mente?
Inspirados en el Génesis, podríamos
decir: “En el principio fue la neurosis”. Efectivamente, Freud llega a este
nuevo campo de investigación en un intento de resolver los problemas
aparentemente insolubles planteados por el tratamiento de los pacientes
neuróticos que constituían en aquel entonces la mayor parte de la consulta de
los neurólogos, así como los pacientes psicosomáticos lo son en la consulta de
los médicos en la actualidad.
Esta indagación le abrió una vía nueva para el conocimiento
y la comprensión de la mente, pero también dejó como huella una tendencia a
psicopatologizar todos los fenómenos mentales, llegando a la afirmación extrema
que identifica totalmente a la condición humana con la neurosis.
Utilizar la investigación de los fenómenos psicopatológicos
para llegar al conocimiento de los procesos mentales normales era una vía
ciertamente razonable para el estudio de los fenómenos vivientes, que ya había
sido extensamente aplicada en la medicina. Así nos lo plantea Freud (1933a), en
las Nuevas lecciones introductorias al
psicoanálisis, donde nos dice lo siguiente:
Sabemos ya que la Patología, con su poder de amplificación y concreción, puede evidenciarnos circunstancias normales, que de otro modo hubieran escapado a nuestra perspicacia. Allí donde se nos muestra una fractura o una grieta puede existir normalmente una articulación. Cuando arrojamos al suelo un cristal, se rompe, más no caprichosamente: se rompe con arreglo a sus líneas de fractura, en pedazos cuya delimitación, aunque invisible, estaba predeterminada por la estructura del cristal. También los enfermos mentales son como estructuras, agrietadas y rotas. … [L]os locos […] se han apartado de la realidad exterior, pero precisamente por ello saben más de la realidad psíquica interior, y pueden descubrirnos cosas que de otro modo serían inaccesibles [p. 3133].
Todo esto es indudablemente cierto: en medicina se han
descubierto ciertas funciones normales a partir de sus perturbaciones, por
ejemplo, la función tiroidea normal a partir del estudio del hipertiroidismo y
del hipotiroidismo (es decir, del exceso y de la carencia de dicha función). Pero ello no impidió que se mantuviera una clara diferenciación
entre la fisiología normal y la fisiopatología. Ningún médico diría, al
descubrir que una persona tiene una función tiroidea normal, que “el paciente presenta
un hipertiroidismo subclínico”. Y nosotros sí tendemos con frecuencia a
identificar nuestros amplios conocimientos sobre la psicopatología de las
neurosis, las psicosis y los trastornos de la personalidad y del carácter, con
una verdadera intelección de la condición humana.
Indudablemente, también la medicina tiende a padecer de una
visión patologizante de la vida humana. Esto es lo que llamamos “deformación
profesional”. Los médicos solemos entonces limitarnos a diagnosticar y curar
enfermedades, dejando de lado su prevención y el estudio y la promoción de la
salud. Mi maestro de pediatría, el recordado Florencio Escardó (1966), gran
médico pediatra, brillante escritor, agudo humorista y hombre de bien, solía
diferenciar netamente entre ser un “médico especialista en enfermedades de la
infancia” y ser un Pediatra. Para él la pediatría era la Medicina del Hombre, cuya mayor tarea era el estudio, el
entendimiento y el cuidado de los procesos del desarrollo normal, comenzando
antes del nacimiento y extendiéndose más allá de los límites convencionales de
la infancia, proyectándose a la continuidad y evolución de ese niño hacia la
adolescencia, la juventud y todo el ciclo vital. Ello no le impedía tratar las
enfermedades cuando estas se presentaban, pero para él la labor fundamental del
médico pediatra consistía en acompañar, cuidar y guiar al niño, a su madre, la
familia toda y la sociedad en la compleja y difícil evolución del nuevo ser
humano, siempre en función de su medio.
No debe sorprendernos que, más allá de la tendencia
generalizada de nuestra profesión de ver la existencia humana a través del
agudo lente que nos brinda la psicopatología, algunos de los principales
investigadores psicoanalíticos que se enfocaran al estudio de la vida psíquica
normal y saludable hayan surgido de la pediatría —como Margaret Mahler (1968;
Mahler, Pine, & Bergman, 1975) y Donald Winnicott (1958, 1965, 1971)— o de
la enseñanza —como Anna Freud (1965), Erik Erikson (1950) y Marion Milner
(1987)—, es decir de profesiones que los llevaban a mantener un contacto
intensivo y prolongado con el desarrollo de niños normales. A esto se sumaron
las contribuciones de otros psicoanalistas profundamente interesados por el
estudio de las primeras experiencias y relaciones del bebé y del binomio
madre-hijo, como lo fue, en los comienzos del psicoanálisis, Sándor Ferenczi (1916,
1916, 1955), y posteriormente los investigadores de la temprana relación
madre-bebé, como René Spitz (1965), Daniel Stern (1985) y Beatrice Beebe (2005;
Beebe y Lachman, 2002).
¿Cuál es la situación actual? Contamos con una enorme
cantidad de información y teorías sobre la psicopatología y su curación,
particularmente en función de las manifestaciones de aquel aspecto del ser
humano que Freud (1920, 1930) denominaba su “pulsión de muerte” —es decir, las
tendencias, sentimientos y acciones auto y héterodestructivos—, pero mucho
menos respecto de la existencia humana normal, creativa, amorosa y saludable
—aquello que Freud llamaba el “Eros”–, que es el origen de todo lo que hay de
bueno en nuestra vida y relaciones, y que necesariamente debe constituir el
marco de referencia y el objetivo último de todo tratamiento psicoanalítico.
Tradicionalmente el interés por incluir en la teorización
psicoanalítica el estudio de la salud, como necesario complemento del de la
psicopatología, tomó una de dos formas posibles: el estudio de las funciones,
capacidades y recursos del ser humano y la investigación de su desarrollo.
La primera de ellas, que fue explorada inicialmente por la
llamada “Psicología del Yo” o “Teoría estructural”, se dedicó a investigar la
participación y efectos de los recursos mentales, tales como la percepción, la
memoria o el pensamiento. Las principales dificultades de este abordaje surgieron
de que nos llevaba de regreso a la psicología prepsicoanalítica de las
funciones mentales y que, dado que continuaba concibiendo al psicoanálisis
fundamentalmente como una teoría del conflicto, se vio obligada a introducir el
concepto de un “área libre de conflicto del yo”, el cual resultaba difícil de
sustentar (Hartmann, 1939–1958, 1964). Sin embargo, en el nivel clínico, todos
los autores, comenzando por Freud (1904) destacaron que el tratamiento
psicoanalítico sólo era posible en la medida que el paciente cumpliera con una
serie de requisitos indispensables, tales como un buen nivel de inteligencia,
un estado mental normal y una motivación suficiente para realizarlo. Horacio
Etchegoyen (1986–2002), en su ya clásico tratado Los fundamentos de la técnica psicoanalítica, señala dos factores
más que revisten un particular interés. El primero es que el paciente
cuente con un entorno social o familiar favorable que le brinde un sostén y
acompañamiento adecuados cuando el analista no está (es decir, en el intervalo
entre sesiones, los fines de semana y las vacaciones), ya que “una persona que
está totalmente sola es siempre difícil de analizar” (p. 48). El segundo es que
el paciente tenga lo que él llama una “vocación para el análisis, como la hay
para otras tareas de la vida” (p. 46). Pero ¿cuál podría ser el significado de
dicha “vocación”? Freud (1904) mismo nos advierte que el paciente debe contar
con, además de “un cierto grado de inteligencia natural”, “un cierto nivel
ético” (p. 1006), ya que “con las personas de escaso valor pierde pronto el
médico el interés que le capacita para ahondar en la vida anímica del enfermo”
(íbid.).
Más allá de esta dificultad contratransferencial por él
consignada, el principal aspecto ético indispensable para el tratamiento
psicoanalítico es el respeto por la
verdad: el análisis de un mentiroso consciente es una labor siempre
ímproba. Otro aspecto de la llamada “vocación” es una cierta vitalidad manifestada
como curiosidad, como deseo de saber, que lleva al paciente a disfrutar la
multiplicidad de puntos de vista que ofrece el análisis, en vez de padecerla,
aborrecerla y huir de ella. El psicoanálisis difícilmente resulta fructuoso con
personalidades dogmáticas, de pensamiento unívoco y concreto.
Todo lo anterior nos señala que, más allá del diagnóstico, que se plantea siempre en
términos psicopatológicos, el pronóstico
de un tratamiento dependerá fundamentalmente del recuento de recursos funcionales,
axiológicos, relacionales y ambientales de los que dispone el paciente, es
decir del aspecto saludable, creativo y amoroso de su vida. Y dichos recursos
no se limitan a las capacidades internas
del mismo, sino que se extienden para abarcar la totalidad de su mundo
relacional y social.
La segunda forma en la que se manifestó el interés por
incluir en la teorización psicoanalítica el estudio de la salud, fue la
investigación del desarrollo del ser humano. A diferencia de la indagación
psicopatológica, que toma siempre al síntoma como punto de partida, el estudio
del desarrollo consiste en observar, registrar e investigar las modalidades que
presenta la vida humana, cuando todo
evoluciona sin mayores problemas ni sufrimiento innecesario, es decir, en
aquellas situaciones en las que nadie consideraría la posibilidad ni la
necesidad de una intervención terapéutica.
De la misma manera en que los antropólogos culturales
iniciaron su investigación a través del estudio de aquellas culturas más
distantes de y ajenas a la suya, y sólo mucho después se animaron a aplicar sus
instrumentos y conceptos al estudio de su propia cultura, los investigadores
del desarrollo comenzaron por estudiar al ser humano más alejado de ellos
mismos, que es el bebé. La tradición científica, con su énfasis en la
objetividad, torna bien difícil el estudio de sujetos que sean muy parecidos al
investigador, ya que ello requeriría que este último se estudiara a sí mismo,
al mismo tiempo que al sujeto de su indagación. Afortunadamente, la tradición
psicoanalítica se ha ido aproximando cada vez más a la firme convicción de que la unidad mínima requerida para la
investigación psicoanalítica consiste siempre en dos personas en relación, no
en una sola.
No obstante, existen también desde luego resistencias de
naturaleza emocional para investigar la propia forma de existir. En
consecuencia, sabemos ya mucho sobre el desarrollo del bebé y el niño, bastante
menos sobre el adolescente, poco sobre la juventud y casi nada sobre la
madurez, la vejez y la muerte. Ello se manifiesta claramente en el hecho de
que, a pesar de estar convencidos de que el estudio del desarrollo no puede
limitarse a las primeras etapas de la vida, sino que debe extenderse a todo el
ciclo vital, siempre es difícil encontrar maestros y bibliografía disponibles
para impartir una materia que aborde el estudio de la segunda mitad de la vida, ya que la mayoría de los maestros e investigadores en este campo solemos ser de maduros para arriba.
El estudio psicoanalítico del desarrollo nos permite
visualizar la evolución normal y deseable de la vida humana, identificar los
momentos y las circunstancias en los que ésta pierde el camino, y determinar
las mejores formas de recuperarlo. Freud, quien pensaba en términos del modelo
médico, concebía a la curación como la recuperación de un estado de salud
perdido. Por lo tanto, el objetivo final de un tratamiento psicoanalítico sería
alcanzar la condición de un adulto normal, en función de las expectativas
sociales. En cambio, un tratamiento orientado en función del ciclo vital —algo
semejante al concepto que Escardó tenía de la pediatría— consistiría en ayudar
al paciente salir de las trampas y círculos viciosos que han determinado el
estancamiento del devenir de su existencia, particularmente en los momentos
críticos de su evolución, que Erik Erikson (1950) identificó como “las ocho
edades del hombre”. Ello es totalmente compatible con el tradicional concepto
psicoanalítico de la patología, que la define en términos de la repetición. La
vida humana sana es siempre creativa e impredecible, mientras que la enfermedad
es repetitiva, estereotipada y tediosa.
Por lo tanto, retomando nuestra pregunta inicial, es
indudable que el conjunto de conocimientos y teorías psicoanalíticas sobre la
experiencia y el proceso de enfermar de la mente humana resulta indispensable
para la comprensión de los padecimientos de nuestros pacientes y de la
conducción y el proceso de su sanación. Pero ello debe complementarse siempre
con los conocimientos, teorías, investigación y consideración de los aspectos
saludables de la vida humana, tal como se manifiestan en el curso de su
desarrollo, a lo largo de todo el ciclo vital.
En nuestro Instituto hemos incluido, desde siempre, el
estudio de un eje dedicado al desarrollo, que brinda el necesario marco para la
mejor comprensión del funcionamiento psíquico. En el tiempo en que yo realicé
mi formación psicoanalítica, hace ya tres décadas, el programa cubría todo el
ciclo vital, pero nos topamos entonces, como ya lo señalé, con la dificultad de
encontrar maestros y bibliografía adecuados para el estudio de la segunda mitad
de la vida. Actualmente, hemos retornado al concepto clásico de la teoría del
desarrollo, que abarca desde lo prenatal hasta la adolescencia. No obstante,
creo que contamos ya con los recursos adecuados para retomar ese ambicioso
proyecto con el que me encontré en los inicios de mi formación. Para ello, es
necesario que las materias de desarrollo se cursen desde el comienzo de los estudios,
ya que esto da el mensaje de que las teorías psicoanalíticas del desarrollo
constituyen uno de los pilares fundamentales sobre los que se apoyan el
pensamiento y la práctica psicoanalíticos. Lo ideal sería mantener un eje de
estudio del ciclo vital durante toda la formación, pero ello lamentablemente no
es posible, dado el número de asignaturas necesarias para la misma. Baste, entonces,
con crear una conciencia de que esta perspectiva es tan importante como y
complementaria a nuestra bien conocida psicopatología psicoanalítica.
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